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Preciosa piedra, preciosos vinos

Bodega DiamAndes, ubicada en el Clos de los Siete, invita a compartir experiencias únicas de la mano de sus caldos. Meditación, travesía hacia la laguna, blend class, la gastronomía con el savoir faire francés, apenas una pista.

Cuando la brisa por el Valle de Uco atenúa la potencia del sol, por la mañana, la experiencia DiamAndes comienza.

La Cripta a donde llega el último resquicio del diamante y de luz solar, en el nivel subterráneo.

Bajo un cielo diáfano las viñas que se extienden a los lados del camino lucen verdes implacables, más limpios por las lluvias, más brillantes por los esmerados cuidados, y allí en armonía ideal entre el cielo y la tierra, el diamante destella, sutil.

Apenas pisamos la terraza de la impactante construcción una pareja de bailarines de tango despuntan su pasión sobre el suelo de la piedra de esta tierra, bajo la atenta mirada de la gente, ante la mística presencia de Los Andes. Somos privilegiados, pensamos, mientras los acordes del 2×4 sentencian otra danza y más aplausos.

Veronic Bonnie habla del sueño de sus padres, que en 2003 apenas llegaron de Francia para conocer la zona y pocos años después le dieron forma, de bodega, de interesantes vinos, y hasta un Oro mundial de las Grandes Capitales del Vino selló el anhelo ese mismo año.

Sobria, simple, contundente, con la firma Bórmida Yanzón, la edificación se amalgama al entorno, y lo acompaña, a sabiendas de que a esa cordillera nadie le gana en atención visual, por eso los enormes ventanales de todos los niveles miran a la maravillosa geografía de Tunuyán, la incluyen, entonces es involuntario afirmar que somos privilegiados, es un hecho.

Pequeños tanques para grandes vinos; tecnología exclusiva en Sudamérica.

Las diversas estancias de la construcción se recorren en la visita, sala de proyección, wine bar, salas de degustaciones, de tanques, hasta la magnífica sala de barricas que deja entrar la luz solar a través de las fases de la escultura del diamante que se inicia en la superficie y desciende, como nosotros, hasta donde descansan los caldos en roble francés. Un nivel más hacia abajo, una nota clásica, los mejores vinos en estiva acariciados por un único halo de luz, el último resquicio de la piedra preciosa en la Cripta.

Síntesis de la dualidad, o de la multiplicación de ellas: lo que los de afuera hicieron y la esencia de esta tierra; los frutos y el trabajo en botellas; el compendio de una ilusión y las venideras.

Hospedarse en la casa de los dueños, otra experiencia singular con sello DiamAndes.

Vivir la joya de los Andes

El área de vendimia a donde llegan los frutos en pequeñas cajas de 10 kg, para ser enfriados y luego ser seleccionados manualmente, en doble cinta, es la que trae los datos fríos, pero también la cultura del trabajo. La vinificación se realiza por gravedad global -de la vendimia a la barrica- 64 pequeños tanques de acero inoxidable termo regulados aislados con doble pared, tecnología exclusiva de este lado del continente. Posteriormente los caldos contemplan una crianza de 18 a 22 meses en barricas de roble francés.

Hay más data: en una superficie de 130 hectáreas de un terruño areno-arcilloso con numerosos cantos rodados, a 1.100 m de altitud hay varietales tintas: 66% Malbec – 17% Cabernet Sauvignon – 7% Merlot – 7% Syrah – 3% Petit Verdot y varietales blancas: 72% Chardonnay – 28% Viognier. Y también hay cosas que no se pueden cuantificar, como la pasión de los que hacen estos vinos, esto hay que experimentarlo.

Conocedores del paño, prepararon un ardid: nos hacen dar vuelta la cabeza y mirar hacia afuera, hacia la entrada de la zona vendimial. El desmesurado paisaje de viñas, montañas aún con nieves en las recortadas cumbres, y la contundencia del sol mendocino hacen apretar los párpados para sostener la mirada. Allí, bicicletas y caballos esperan a los visitantes porque de vinos también se conoce entre las hileras.

Fuente: Los Andes

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