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Luigi Bosca: 110 años de alta gama familiar

Alberto Arizu está al frente de la bodega que este miércoles cumple años. Es una de las pocas que aún permanecen en manos de sus fundadores.

Con 45 años de trabajo en la bodega, se nota que no se aburre de lo que hace (“me gusta estudiar y nunca quedarme con algo sin averiguar”). Tal vez sea porque -como él dice- la familia lleva los genes bodegueros ya que antes de que su abuelo fundara Luigi Bosca -que el miércoles cumple 110 años- sus antepasados ya habían incursionado en el rubro.

Alberto Arizu es la tercera generación que lleva adelante la bodega, por lo que la firma se convierte en una de las pocas empresas centenarias en manos de la misma familia. Ahora, dos de sus hijos también están abocados al negocio aunque él no ha dejado su puesto de director técnico (es ingeniero agrónomo con innumerables posgrados), que le apasiona como el primer día.

Aunque no lo dice, es probable que el secreto de su éxito y de la permanencia de la familia pase por su filosofía. “Ser bodeguero significa una filosofía de vida, una concepción de las cosas en las que se sabe que los procesos son largos. Por eso hay que tener mucha pasión y entusiasmo. Hay que estar muy dispuesto porque es hermoso lo que se puede hacer. Se trata de un descubrimiento permanente. Cada año uno piensa en que el próximo va a ser mejor”, se entusiasma.

Con vastos conocimientos sobre la industria y sus avatares, el empresario habla con equilibrio sobre los pro y los contra del negocio pero no se le escuchará quejarse ni reclamar soluciones mágicas. La apuesta a la calidad y la necesidad de crédito a largo plazo son, para él, las claves para que la vitivinicultura se mantenga y sobresalga en el mercado mundial.

¿Ha pensado en dejar de trabajar?
No, porque verdaderamente me apasiona; todavía hay variedades que me interesan.  Si sale algo nuevo tengo que saberlo y conocer los por qué.

¿Imagina que la bodega, en algún momento, no pertenezca más a la familia?

No me lo imagino. Me dolería mucho porque he puesto muchos años de la vida y lo disfruto. Me gustaría que todos pasaran por allí un tiempo prudencial pero también es cierto que la vida avanza y las generaciones cambian. Igual, no creo que eso suceda porque hay un dicho que expresa que el dinero puede comprar todo menos la genética.

¿Cuál es la diferencia entre una empresa familiar y otra que no lo es?

Si uno tiene una familia que cree en el concepto y en la dirección, todos trabajan en el mismo sentido. Eso lo puede conseguir una empresa familiar ya que las nuevas generaciones tienen el ímpetu y los otros la experiencia.

Pareciera que no es fácil, sin embargo, trabajar en familia.

En el mundo, hoy casi el 80% son empresas familiares aunque ya no de tantas generaciones. Creo que se trata de un modelo exitoso.

¿Cómo distribuyen su mercado?

El 60% lo exportamos y el resto va al mercado interno que para nosotros es muy importante porque nos dio un sustento. En los ’90 empezamos a dar mucha importancia a la exportación. Hasta entonces, siendo un productor mundial de vinos, Argentina no tenía un asiento general en el mercado internacional pero ahora ocupa la quinta posición en la producción mundial de vinos.

¿Cómo es ese mercado en la actualidad?

Sigue creciendo. La crisis de 2008 sirvió para posicionar nuestros vinos en Estados Unidos, que estaban dentro de una franja más económica que la que los americanos solían consumir.

Con el tipo de cambio actual ¿les está costando la exportación?

Ése es uno de los graves problemas de esta industria que se desenvuelve muy bien en la estabilidad ya que requiere de procesos de largo plazo. Con la inflación, uno no puede ajustar sus precios y lentamente se va perdiendo rentabilidad. Los que más sufren son los vinos de mesa, de valores menores que representan el 70% de la exportación. Como no les dan los costos, están siendo cambiados por vinos a granel pero esto hay que recuperarlo porque Argentina estaba tratando de que buena parte del vino fuera embotellado.

El problema no es parejo, entonces.

Los vinos de franja media y alta no sufrieron. Están creciendo. Por eso, el contexto general es de crecimiento con la disminución de los vinos de mesa.

¿Cómo se ha comportado el mercado interno?

Ha crecido un 23%. Se trata de un público que organizamos y en el que somos la cara visible. Con el tiempo hemos ganado confianza y credibilidad.

¿Tienen previstas inversiones para el próximo año?

Sí, pero muy medidas. La idea es seguir ampliando la bodega, bajar costos, mecanizar y hacer inversiones en tecnología pero nunca desmejorar la calidad que es el valor supremo que tiene el país. Creo que ninguna bodega podrá hacer las inversiones que realmente requiere la industria para los próximos diez años.

¿Por qué?

Al tener las empresas menor rentabilidad, todo su capital lo tienen en circulación porque necesitan de más dinero para sostener las estructuras. Se quedan con muy poco capital propio y la inversión vitivinícola es a muy largo plazo. No hay forma de acortar los tiempos.

¿Qué haría falta para que la industria mantenga sus estándares?

No tenemos crédito a largo plazo que es lo que necesitamos para generar nuevos viñedos; algo que lleva un proceso de entre cinco a diez años. Las tasas tampoco son muy alentadoras.

Usted habló de tecnología ¿se puede mecanizar la cosecha?

Muchas empresas que se dedican a otros estándares de vino pueden hacerlo. En nuestro caso -que trabajamos con premium y ultra premium- seguimos con las cosechas manuales y control de uvas para poder mantener las calidades intactas. La tecnología siempre tiene que estar al servicio de las características de la uva.

¿Es grave la falta de cosechadores?

Sí, porque la gente tiene miedo de renunciar a las asignaciones familiares estatales mientras cosechan ya que después demoran seis meses en restaurárselas. Ahora el gobierno dijo que no se las van a quitar pero la gente desconfía y quiere trabajar en negro. Con los operarios sucede lo mismo.

¿Es una opción?

Para nada. Si hay algo en que dormimos tranquilos es que está todo ordenado. Igual, a nuestra bodega vienen todos los años unas 20 o 30 personas que son siempre las mismas por lo que tenemos una capacidad de 1.500 quintales diarios de cosecha.

¿Cree que las nuevas exigencias sanitarias para los cosechadores influyen en la rentabilidad?

Nosotros siempre las cumplimos pero no por exigencias sino por una cuestión básica de seres humanos. En nuestras fincas más grandes, hay estructuras con habitaciones propias, cocina, baño, agua caliente y electricidad que es lo básico para vivir durante una temporada.

A la hora de invertir ¿han tenido problemas por las licencias no automáticas a las importaciones?

Acá hay varias empresas que fabrican tanques de acero inoxidable con material que traen de afuera. Por otra parte, hemos podido importar maquinarias debido a que las bodegas exportan vino y tienen la posibilidad de importar por el mismo monto.

¿Cree que es buena la existencia de capitales extranjeros en la industria?

Fue bueno porque dieron contexto internacional. Además, obligaron a las empresas nacionales a competir. Por ejemplo, es fantástico que Robert de Niro quiera invertir acá porque nos da prestigio y demuestra que Mendoza posee condiciones excepcionales.

Como hombre de la vitivinicultura ¿qué opinión tiene de la minería?

Creo que se debe hacer un debate. Aunque se han hecho, me parece que lo mejor es realizar uno, dos, tres o cuatro simposios técnicos con especialistas de todo el mundo para que todos entiendan de qué se habla y después decidir.

Es un recurso que se debería explotar y que le dejaría mucho a la provincia pero todavía no está solucionado el tema del mercurio y del cianuro. Hay que tener conciencia y consultar a los que saben pero también ser cuidadosos del agua. Frente a la emergencia hídrica, estamos trabajando para reinsertar el agua que usamos, en la napa.

Fuente: Los Andes


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