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Inflación y competitividad

La inflación no sólo perjudica principalmente a los sectores más pobres o de menores recursos económicos. También perjudica a las economías regionales, como es el caso de la industria del vino, ya que les genera problemas de competitividad en los mercados internacionales.

Es por todos conocido que la inflación castiga a los sectores más desprotegidos. A los trabajadores, cuyos salarios nunca pueden alcanzar los porcentajes de incrementos en los productos (los sueldos van por la escalera y los precios por el ascensor, suele escucharse) y esencialmente a los desocupados, porque además de no tener posibilidades de actualizar un sueldo, también se les cierran -por la incertidumbre económica- las posibilidades de fuentes de trabajo.

Pero la inflación, ese mal endémico que afecta a los argentinos y que pareciera no preocupar demasiado a los funcionarios nacionales de turno, también afecta a la economía global y castiga con mayor dureza a las regionales, como es el caso de Mendoza, cuya producción agrícola debe medir los costos al máximo para continuar siendo competitivos en el difícil mercado internacional.

Destacan los directivos de la industria que la inflación disminuye la rentabilidad a corto plazo, porque mientras los costos suben no se pueden aumentar los precios; se incrementa la incertidumbre y se frenan las inversiones. A esos aspectos le suman el deterioro que se genera en la relación de las bodegas argentinas y sus distribuidores.

Aseguran en la industria que mientras los costos internos se han incrementado un 25 por ciento anual durante los últimos tres años y los insumos, muchos de ellos importados, también han recibido importantes aumentos, el dólar para la exportación ha permanecido estable.

Para la industria se le presenta, con miras al futuro, una situación problemática, que afecta tanto al mercado interno como al internacional. En el primero de los casos, los incrementos en los precios han generado que en el último año, si bien aumentaron los ingresos por ventas, se produjo una inquietante caída en el consumo. En el plano del comercio internacional, se logró un récord en precios FOB, pero se considera que se ha alcanzado el techo de precios, por lo que a partir de ahora habrá que competir con productividad.

Por el momento, la revalorización del peso chileno y del real brasileño han favorecido la posición de la Argentina. En el primero de los casos, porque Chile es uno de los principales países competidores de la Argentina y en el segundo, porque gran parte de las exportaciones de vinos -y de otros productos de Mendoza- tienen como destino Brasil. Pero cabría preguntarse cuánto más durará esa situación en razón de que en los dos países se estarían instrumentando medidas para modificarla.

De todos modos, hay también otros países competidores de la principal industria local, como Nueva Zelanda, Australia y el propio Estados Unidos que mantienen sin problemas sus niveles de precios, en dólares, en los mercados internacionales, los que generan una presión sobre la competitividad que intenta mantener el vino argentino.

Según se afirma en la industria, esos aumentos en precios y salarios con un dólar planchado, ha determinado que algunas marcas han decidido abandonar mercados externos y centralizan su reclamo en la posibilidad de que desde el Gobierno nacional se establezca algún tipo de mecanismo que permita derivar un porcentaje del dinero de las exportaciones a inversiones, descontándose del impuesto a las ganancias. Un mecanismo que utiliza Chile y que le ha dado resultados porque al aumentar las exportaciones, ese menor dinero que ahora recaudaría el país, se recuperaría en un plazo no mayor de dos o tres años.

Fuente: Los Andes


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