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Control sobre las uvas tintoreras

La nota aparecida hace un tiempo en el diario The New York Times, en la que se hace mención a la calidad de los vinos mendocinos, no es fruto de la casualidad. Es el resultado de un trabajo desarrollado por la principal industria local de base agraria a lo largo de los años, lo que ha permitido que nuestros vinos, que hasta no hace más de dos décadas eran prácticamente desconocidos por el consumidor mundial, ahora hayan ganado espacios importantes en los mercados internacionales.

El corresponsal del diario estadounidense manifiesta en su informe que se vio sorprendido por el nivel de excelencia de los malbec y torrontés, sin dejar de mencionar también a los chardonnay.

Ese prestigio alcanzado por los caldos mendocinos obliga a la industria a mantener los estándares de precio-calidad que le permitieron ganar espacios porque cualquier error que se cometa y todo consumidor que se pierda, resultará muy difícil recuperarlo.

En ese marco de situación, ha resultado atinada la medida adoptada por el Instituto Nacional de Vitivinicultura, destinada a ajustar el control sobre el cultivo de uvas “tintoreras”, más aún cuando se trataría de varietales “no vitiviníferos” y, por lo tanto, no permitidos para la elaboración de vinos.

El tema del color de los vinos tiene su historia. Hace unos años, funcionarios del organismo nacional convocaron a una reunión de la comisión asesora técnica, en cuyo transcurso se exhibieron más de 30 muestras de vinos, contenidas en tubos de ensayos. Se llegó a la conclusión de que muchas de ellas aparecían como vino “tinto”, cuando en realidad eran rosados, lo que llevaría a constituir un engaño al consumidor. Por consenso se acordó establecer un valor de 280 unidades mínimas de color  para que fueran tintos, medida que fue llevada después a 330, más tarde a 400 y luego a 500 unidades mínimas de color.

Sin embargo, cuando se producen faltantes de vinos tintos, como sucedió el año pasado, comienzan a surgir los inconvenientes porque aparecen uvas “tintoreras” utilizadas más para dar color a algunos rosados que para exaltar u otorgar vivacidad a algunos tintos de calidad. Paralelamente se observa un aspecto no menos inquietante porque, según un informe, han aparecido viñedos con varietales no vitiviníferos.

Al decir de los propios integrantes de la industria, las variedades Aspiran Bouchet y Alicán Bouchet, que sí son vitiviníferas, no constituyen problemas, más aún cuando de 145 mil hectáreas cultivadas en Mendoza sólo 2 mil son de esas variedades. El inconveniente se plantea con la aparición de otros cepajes, que podrían ser Concord o Isabella, con mucho mayor poder colorante pero que otorgan entre 900 y 4 mil miligramos de diglucósido de malvidina por litro de vino. Por ese motivo también, el organismo nacional determinó fijar, como límite máximo, un valor de 15 miligramos de diglucósido por litro.

Paralelamente, el INV adoptó la decisión de establecer que, a partir de ahora, la decisión de implantar tintoreras deberá esperar autorización del organismo, entre otras exigencias no menos importantes.

Una medida apropiada para las circunstancias que permitirá mantener el prestigio de calidad alcanzado por los vinos argentinos y cortará con la aparición de algunos viveros no registrados para la comercialización y que serían quienes -según el organismo- habrían generado la aparición de ese tipo de varietales no permitidos.

Fuente: Los Andes


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