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Los peligros que acechan a la industria vitivinícola

Hay varias razones que explican el buen momento del vino argentino, entre ellas la reconversión que se produjo en los 90 gracias a que el uno a uno permitía comprar equipamiento de última tecnología en el exterior; la devaluación de 2002, que aumentó la competitividad local, y el boom del malbec, la nave insignia de la vitivinicultura argentina, que arrasa en el mundo y, sobre todo, en EE.UU. Claro que todo eso no habría resultado, si no se hubiera logrado calidad y no se contara con un terroir casi único y con una tradición originada en la cultura del vino, traída por los inmigrantes en el siglo XIX.

Pero no todas son buenas. Hay tres peligros que acechan a la industria y que a algunos bodegueros les causa tanto terror como el granizo que ralea las viñas: la caída de rentabilidad provocada por un dólar estancado y una inflación alta, la concentración del negocio en pocas manos y el avance de la cerveza, que hoy exhibe en el país un mayor consumo per cápita.

Rafael Squassini, director comercial de Dante Robino, afirma que la rentabilidad está casi como en la convertibilidad. “No podés ni soñar con aumentar los precios en el exterior al ritmo de la inflación local, y eso te achica los márgenes”, explica. “Nuestra ganancia ha bajado mucho”, corrobora Michael Halstrick, de Norton. Algunos de sus colegas, que prefieren el anonimato, son más terminantes: “Hoy, te conviene más vender en el mercado interno.”

Si de concentración se habla, la palabra “fosterización” cobra protagonismo. Así se llamó al proceso que se dio en Australia cuando el Grupo Foster, gigante de la cerveza, compró las grandes bodegas y se alzó con 90% de la producción de vino en ese país. Aquí se está lejos de eso, pero no deja de ser una realidad que los grandes grupos están ávidos por comprar. “Todo el tiempo hay ofertas”, dice José Alberto Zuccardi.

El avance de la cerveza, que pasó, según la cervecera chilena CCU, de un consumo per cápita de 34,1 litros anuales en 2001 a uno de 43 en 2010 (el vino está en 28 per cápita), preocupa a la industria vitivinícola. En especial, a los segmentos más bajos, que tienen allí un competidor. “Hubo un cambio cultural en el consumo de vino; se hizo más selectivo y por eso perdió terreno frente a la cerveza”, dice Alberto Arizu, de Luigi Bosca.

Podría sumarse un cuarto peligro: que el malbec, que hoy representa el 80% de las exportaciones locales, sea sólo una moda pasajera. Si bien expertos como Alberto Antonini dicen que eso no pasará y que lo que hay que hacer es lograr distintos malbec con denominación de origen, otros trabajan en diversificar la producción. Zuccardi tiene una división para vinos experimentales, mucho de los cuales, como Ancellotta, tuvieron éxito con la marca Textual. “El malbec es punta de lanza, pero tenemos que lograr posicionar otras variedades”, señala Halstrick.

Fuente: La Nación

 


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